jueves, 10 de enero de 2008

Gestos


Las mujeres no adivinan a los hombres, los sienten. Perciben a distancia los deseos que inspiran. El fluir de la sangre, las pulsaciones del corazón se les revelan por la impresión de la mirada, o incluso sin mirar, por la pura influencia de la corriente magnética. La turbación interna que observan anula, en general, a sus ojos a quien la experimenta. Está conquistado, no merece la pena hacerle caso. Inmediatamente ponen en juego contra él las armas de su coqueteria. Pero si en otro no sienten ninguna turbación, ningún desorden interior, si la admiración o el deseo no mueven en él ninguna fibra de su jeta, se derramarán dulcemente hasta que por un gesto de la cabeza, por una mirada, por un no se qué sin nombre hayan hecho aparecer los signos secretos que atestiguan un desorden íntimo.
Nada hay peor que no saber mantener la naturalidad. Esto es normalmente lo que impresiona a la gente, aunque en este caso hablaba de mujeres,. Los hombres que se contorsionan por ser amables, por llamar la atención les ponen de los nervios. Incluso el ingenio por sus esfuerzos manifiestos puede echarlas atrás. Si se sienten observadas, si descubren azoramiento, inmediatamente falsean su carácter. El punto de la perfección es saber poner a una mujer completamente a sus anchas