
"Oh comienzos, dos desconocidos de repente maravillosamente se conocen, labios afanosos, lenguas temerarias, lenguas nunca saciadas, lenguas que se buscan y confunden, lenguas en combate, mezcladas en tierno odio, santo trabajo del hombre y de la mujer, jugos de las bocas, bocas que se alimentan mutuamente, alimento de juventud, lenguas mezcladas en imposible querer, miradas, éxtasis, vivas sonrisas de dos mortales, húmedos balbuceos, tuteos, besos de niño, inocentes besos en las comisuras, contactos renovados, súbitas busquedas salvajes, jugos intercambiados, toma, dame, dame más, lágrimas de felicidad, lágrimas bebidas, amor reclamado, amor reiterado, maravillosa monotonía..."
¿Cómo este espléndido veterano pudo parir una historia de amor tan increible, joven, caracoleante, apasionada y, al mismo tiempo infausta, despiadada, desesperanzada, imposible?
Solal el guapo judio de Cefalonia, subsecretario de las Naciones Unidas, que se embelesa de una mujer casada, la primorosa Ariane, a la que corteja durante medio libro hasta que abandona a su marido.
El amor a puerta cerrada, lo sublime a chorro incesante.
Gracias Albert Cohen.
