
¿Cómo se mantiene en las almas el fuego sagrado de la admiración hacia aquellos cuyos nombres ha registrado una vez el mañana?
Cuando se produce la revelación de una nueva celebridad un tanto consistente, hay una serie de devotos que, día tras día, mes tras mes, año tras año, y así sucesivamente hasta la entronización completa del nuevo idolo, se encargan de agostar incienso en sus peanas y de depositar en ellas ofrendas y coronas. Pululan los críticos, glosadores, adeptos, apóstoles, discípulos y divulgadores que se imponen el cometido de alimentar la fama del recien llegado usque in aeternum.
Los muertos célebres son muy favorables para la vanidad de los vivos. Cuando se trata de alguna individualidad fuerte que ya en vida ha sido una celebridad, un gran hombre, un genio, enseguida hay dos o tres perros de presa que se cuelgan de los faldones del muerto, saltan sobre él, se apoderan de su recuerdo y gruñen a su alreddor; necesitan esa sombra ilustre para sus fines, es decir para su propia notoriedad. Agarrándose con pies y manos a esa figura, esperan ser arrastrados por ella en su estela luminosa. Pero uno los observa y se queda frío, se pasma, no osa confesárselo, y sobre todo no osa confesárselo a los demás, pero no siente el encandilamiento que esperaba. A veces bosteza consideradamente.
Cuando uno está lo bastante bien dotado como para considerar sin fatuidad que no es un ceporro y que tiene además una facultad para el asombro bastante desarrollada, hay una reflexión que se impone: hay que preguntarse qué ventura ha intervenido para ese continuar admirándonos tras tanto tiempo por las mismas cosas.