Seguirá vivo en el recuerdo y en su obra.
Habrá quien aún se asombre del empecinamiento de Umbral por entrar en la RAE. Yo también, pues no hay más que leer a quienes allí sestean y cobran del erario público, para saber que no es lugar de interés. Que nadie olvide que Umbral -ahí está su mérito mayor- se hizo a sí mismo. Un año en la escuela de chaval, el corte brutal con la dureza de la posguerra y a ganarse el pan escribiendo donde le dejaran a uno. Joder, todo el mundo tiene derecho a la vanidad, no sólo los señoritos de mierda que aprendieron inglés en Londres costeados por papá.
A pesar del daño que hizo a la vista con la perfomance aquella en la que el Rey le entregaba el Cervantes en posición de firmes ante el bigote aznariano me quedaré con lo mejor, sus obras.
Memorias de un niño de derechas
Días felices en Arguelles
Las ninfas: la novela de un muchacho pobre y letraherido en una España miserable y analfabeta que era toda ella provincia y aire de posguerra.
La noche que llegué al café Gijón: es el libro de Umbral que a mí más me llega. Es una crónica de los años sesenta con la tertulia del Gijón como eje.
Escrito sin una concesión a la retórica -a Umbral le perdía la retórica- y en un estilo directo, periodístico, ágil, es un libro que yo pongo al más alto nivel. Hubo polémica en su día por la supresión de la preposición "en" del título, que Umbral justificó por motivos prosódicos y que Lázaro Carreter estimó todo un descubrimiento.
Leyenda del Cesar Visionario: la novela en clave esperpéntica sobre Franco y la corte de los laínes. Caricatura tronchante de la altisonante retórica falangista de cuando entonces, es quizá su novela más lograda. Se lee del tirón y siempre con una sonrisa cabroncilla a punto de aflorar a los labios.
Y por supuesto su "Spleen de Madrid" cuando aún escribía en El País y cuando en uno de ellos llamó a Margarita Tatcher "la menopáusica de la historia"
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